Eva Schloss fue la hermanastra póstuma de Ana Frank. Pero a diferencia de la adolescente judía tan recordada, Eva sobrevivió a su paso por Auschwitz-Birkenau, y dedicó su vida a contarlo. Para que nunca más sufra el mundo semejante calvario; para ayudar a detener los que siguen ocurriendo.»De chica no tenía idea de que podía haber gente tan mala en el mundo. Pensé que si vivíamos vidas decentes, nada malo podría pasarnos. Ahora sé que la vida es dura y que hay mucha gente que sufre mucho. Y que esas personas a veces se vengan contra el resto del mundo.» Esto dice Eva Schloss, y no porque sea una mujer amarga ni resentida. Es una mujer que ha sufrido lo indecible. Era una adolescente judía durante los años del nazismo en Europa, y por eso supo lo que es perderlo todo.Eva, quien hoy tiene 83 años, llevaba una vida feliz y distendida en Viena (Austria) junto con sus padres (Erich y Frizti Geiringer) y su hermano Franz, un joven sensible y talentoso con quien ella tenía un vínculo entrañable. Cuando los alemanes invadieron Austria en 1938, su familia huyó a Amsterdam (Holanda), como tantos otros judíos de países amenazados. Se asentaron en un edificio conocido como Merwedeplein que alojaba muchos otros refugiados, frente a una plaza. Allí convivió y jugó con Ana Frank. Ambas tenían once años.Entrevistada por Sophia telefónicamente desde su hogar en Londres, recuerda a su antigua compañera de juegos, y también la presencia gentil de Otto Frank, padre de Ana, que siempre tenía una palabra amable para ella y todos los chicos. Pero el interludio feliz no duró mucho. En mayo de 1940 los nazis invadieron Holanda, y las cosas empezaron a complicarse para los refugiados judíos. «Cada día había algo nuevo que no podíamos hacer», recuerda Eva: ir al cine, a la escuela, a trabajar, hasta quedar virtualmente recluidos en sus casas. Al tiempo comenzaron las deportaciones, y los llamados a los jóvenes para presentarse para sospechosas fuerzas de trabajo. Los Frank y los Geiringer pasaron entonces a la clandestinidad. Los Frank se escondieron en un altillo de las oficinas de Otto. Los Geiringer se dividieron: Erich y Heinz por un lado, Fritzi y Eva por el otro. Pensaron que de esa forma sería más difícil que los hallaran. Se equivocaron.En mayo de 1944, en el día en que Eva cumplía 15 años, su familia fue descubierta y deportada primero, a un campo de trabajo, después, a Auschwitz-Birkenau, un campo de muerte.Ana no sobreviviría el paso por Bergen-Belsen: moriría de tifus e inanición antes de cumplir los 16 años. Eva, en cambio, sobrevivió. Era una de un puñado de figuras esqueléticas que apenas respiraban en Auschwitz cuando llegó a liberarlo el Ejército Rojo. Sin embargo, aún usaba las fuerzas que le quedaban para cuidar de su madre agonizante y otras prisioneras.Eva relata el año que vivió en el campo de exterminio en dos libros, aún sin traducir al español: Eva’s Story. A Survivor´s tale by the stepsister of Anne Frank (La historia de Eva. Relato de una sobreviviente por la hermanastra de Ana Frank) y The promise (La promesa). El primero es el relato crudo de lo sucedido, y algunos lo consideran una suerte de secuela del diario de Ana, ya que retoma el relato donde el de Ana termina. El segundo es una versión para chicos, que soslaya los pasajes más duros.No es la intención reproducir aquí en detalle la oscuridad tan conocida. Baste decir que la joven Eva perdió rápidamente la inocencia de la juventud, fogueó su cuerpo con trabajos forzados y su alma con crudezas como trabajar en la sección apodada «Canadá», donde se dividían las pertenencias secuestradas a los prisioneros, incluyendo fotos cosidas en el interior de las vestimentas. Perdió a su adorado padre y hermano, que no sobrevivieron las marchas forzadas sobre la nieve. Perdió contacto con su madre cuando ésta enfermó y fue «internada», y luego, cuando por un azar del destino pudo volver a ver a su padre brevemente a través del alambre de púa que separaba a los prisioneros hombres de las mujeres, tuvo que decirle que Fritzi había muerto. Recién se enteró de que su madre seguía viva meses después, poco antes de la liberación, cuando ambas eran un espectro de quienes habían sido.Tras el final de la guerra, Fritzi y Eva se reencontraron con Otto Frank, su antiguo vecino. Frank lo había perdido todo, pero era un hombre fuerte y noble, y se dedicaba a ayudar a quienes habían quedado devastados como él. Otto y Fritzi hicieron una fuerte amistad, emprendieron proyectos juntos, como reconstruir una sinagoga liberal, y terminaron por formar pareja. Ya era el padrastro de llegó a manos de Otto el diario de su hija. El cuaderno de tapa de tela se convirtió en la obsesión de Otto, que no había tenido noticias de él en vida de su hija.Eva recuerda aún cuando Otto se lo entregó para que lo leyera. Se reconoció en el relato, pero no pudo reprimir –ni entonces ni en los años que siguieron- un dejo de resentimiento. Ella había sufrido lo mismo que Ana y nadie se compadecía de su infortunio. Dice hoy en conversación con nosotras: «Al principio me molestaba que me presentaran siempre como la hermanastra de Ana. Pensaba: «Yo sufrí lo mismo que ella, perdí a mi padre y a mi hermano, yo también tengo mi historia». Incluso tenía celos porque todo el mundo se la pasaba hablando de Ana. Estaba muy enojada. Pero a medida que fui creciendo y volviendo a ser una persona feliz, me di cuenta –con vergüenza- que no podía resentir a una persona que vivió una vida tan corta. Yo he vivido otros sesenta años. He tenido una vida rica y llena de recompensas».También supo reconocer con el tiempo que el diario de Ana expresaba un pensamiento de avanzada para una niña de esa época, con fuertes intuiciones acerca de los derechos de la mujer y la necesidad de cambio de la humanidad, y un profundo optimismo como telón de fondo.Con ayuda de Fritzi y de Otto, quien se ocupó de ella como un padre, Eva eventualmente volvió a sonreír, viajó a Londres a estudiar fotografía, conoció a Evi Schloss y se casó con él. Tuvieron tres hijas: Caroline, Jackie y Sylvia, y varios nietos. Otto se casó con Fritzi, y fue un abuelastro devoto para las hijas de Eva.Cuarenta años de silencioEva no pudo hablar de lo ocurrido en el campo por décadas. Por un lado, dice, después de la guerra nadie quería hablar de lo ocurrido. Los que lo habían vivido como víctimas querían olvidar, los que no lo habían vivido no querían enterarse. Todo era demasiado doloroso, demasiado reciente, demasiado difícil de explicar.Pero las huellas de lo vivido se hacían presentes de noche, en sus pesadillas.Fue recién en la década del ochenta que, charlando una noche con Evi y una pareja amiga, le preguntaron por aquellos años, y Eva comenzó a hablar. Fue como abrir una compuerta largamente tapiada, y lo que siguió fue un diluvio.Le hizo bien hablar, y viendo las reacciones de sus interlocutores se dio cuenta de que no debía guardarse su historia, que debía compartirla con el mundo, con la esperanza de que nunca más nadie tuviera que pasar por situaciones tan crueles. Así es que hoy se dedica a viajar, visitando escuelas e instituciones, contando su historia y advirtiendo sobre el peligro del prejuicio, el odio y la discriminación. Hace poco copó los titulares de los diarios europeos denunciando la xenofobia que se extiende en el continente.Una obra de teatro para chicos llamada «Y luego vinieron por mí», reúne las historias de Eva, Ana y otros dos chicos judíos durante el Holocausto. Eva prestó su testimonio para la obra, que se muestra en colegios e incluye fragmentos de filmaciones de la época.Eva estuvo en la Argentina para participar de la celebración del primer aniversario del Centro Ana Frank de Buenos Aires, que ofrece una muestra fotográfica permanente, proyecciones, y una reproducción del Anexo donde se escondieron los Frank (www.centroanafrank.com.ar).Hoy Eva habla sin dificultad de sus vivencias durante la guerra, y lo hace con convicción. «Cuando salió mi libro en 1988 no se habían publicado muchos libros sobre el Holocausto todavía, la gente no estaba demasiado informada y entonces se shoqueó. Pero lo que asombraba a todos es que mi relato no era amargo ni resentido, como el libro de Eli Wiesel, «Night» (Noche). Mi hija mayor dijo que no quería saber qué me había pasado y no iba a leerlo. Pero un día, cuando llegué a su casa, encontré el libro abierto sobre su mesa de luz. No quiso decirme que sabía lo que me había pasado, cuánto había sufrido. Es difícil para los hijos saber que sus padres vivieron cosas horribles.»¿Ha podido hablar del tema con sus nietos, que viven en un mundo mejor informado?Con mis nietos es mucho más fácil hablar del tema. Me hacen preguntas, están muy interesados, y también muy orgullosos de que yo haya podido sobrevivir en condiciones tan horribles.¿Piensa que sigue siendo importante contar esta historia en nuestros días? ¿Considera que el Holocausto podría repetirse?Definitivamente. No es una escala tan grande ni tan planificada, pero todos los días vemos ejemplos de prejuicio y matanzas sin sentido en el mundo. No quedamos muchos sobrevivientes y creo que nos estamos quedando sin tiempo para contarles a las nuevas generaciones lo que ocurrió, y especialmente acerca de la indiferencia del mundo en su momento, la falta de ayuda. Cuando ya no queden sobrevivientes será más fácil que se niegue que existió el Holocausto, y eso es muy peligroso. Dedico la mayor parte de mi tiempo a enseñar acerca de las consecuencias de la discriminación, el odio, el racismo, la xenofobia y el egoísmo. Me gusta mucho lo que hago. Los chicos me hacen un montón de preguntas, lo cual demuestra su interés por saber qué pasó, pero también que no saben realmente de qué se trató.¿Volvió alguna vez a los campos?Volví para hacer un documental con la televisión holandesa en 1995. Fue una experiencia horrorosa. No quiero tener más nada que ver con ese lugar.¿Cómo recuperó las ganas de vivir?Otto Frank me ayudó mucho. Me hablaba mucho del optimismo de Ana, y me explicaba que yo era joven y tenía una vida por delante; que podía hacer con ella algo significativo y disfrutar de la felicidad de tener una familia. Sabía que era cierto porque había tenido una vida hermosa en Viena antes de la llegada de Hitler al poder.Usted ha dicho que Ana escribió su diario antes de padecer la experiencia de los campos, y que no sabe si hubiera expresado la misma esperanza en la bondad innata del ser humano si lo hubiera escrito después.Eso dije, sí, y la verdad es que no lo sé. Pero también es cierto que Otto vivió lo mismo, y salió de los campos con su fe intacta. Así que, quién sabe.A la larga, Eva atribuye su supervivencia a una promesa que les hizo su padre antes de dejar su casa para esconderse. Esa promesa –dice hoy- la sostuvo en los peores momentos y lo hace aún. Así la transcribe en el libro homónimo: «Hijos: les prometo esto. Todo lo que hacen deja una huella, nada se pierde. Todo lo que bueno que han hecho continuará vivo en las vidas que ustedes tocaron. Le hará diferencia a alguien, en algún lugar, en algún momento, y sus logros perdurarán. Todo está conectado, como una cadena que no puede romperse.»Su duro testimonio es el eslabón que Eva ofrece al mundo. Uno valiente y poderoso, como la cadena misma.
El diario de Eva, el holocausto relatado por la hermanastra de Ana Frank
23/Jul/2013
El sol online Por Sophia